sábado, 4 de junio de 2016

El SUC enseña a estudiantes del IES de Agaete Pepe Dámaso cómo actuar ante una parada cardiaca


El Servicio de Urgencias Canario (SUC), servicio dependiente de la Consejería de Sanidad del Gobierno de Canarias, ha enseñado este viernes 3 de junio a una treintena de alumnos de Bachiller y de ciclos de Imagen Personal del IES Agaete Pepe Dámaso cómo actuar ante una emergencia sanitaria y, en particular, cómo realizar un buen masaje cardiaco ante una parada cardiorrespiratoria, técnica imprescindible para salvar la vida de aquellos que puedan sufrir esta patología en cualquier momento de su vida.
Esta iniciativa forma parte de un programa educativo que viene realizando el SUC, desde hace varios años en centros escolares y que tiene como principal objetivo concienciar a la población de la importancia que tiene la figura de los primeros intervinientes, especialmente en la resolución de las paradas cardiorrespiratorias que se producen en un lugar público, ya que si son capaces de realizar una correcta asistencia inicial pueden salvar la vida al afectado.
Asimismo, les mostraron las técnicas básicas para realizar una buena maniobra de reanimación cardiopulmonar básica. Para ello, los técnicos del SUC utilizaron torsos de formación que permiten localizar el punto exacto donde se debe practicar el masaje cardiaco, la presión adecuada con la que debe realizarse, y el modo correcto de llevar a cabo la apertura de la vía aérea, maniobra más conocida como frente-mentón.
En esta actividad, dos técnicos de coordinación sanitaria del SUC han enseñado a los alumnos a reconocer los signos básicos que verifican la existencia de una parada cardiorrespiratoria, tales como el estado de inconsciencia de una persona y la falta de pulso, para que, a partir de ese punto, sean capaces de actuar correctamente y alertar inmediatamente al teléfono de emergencias 1-1-2.


domingo, 27 de marzo de 2016

DOS CUENTOS DE SUSPENSE

Era de noche. María, una joven de catorce años, duerme a un bebé en la cuna y le canta:
-Duérmete, niño, duérmete, ya, que viene el coco y te comerá.
El niño llora. Está hace tiempo afónico de tanto llorar; pero él seguirá gritando mientras sus fuerzas le dejen. Parece que su llanto no va a acabar nunca.
María tiene una pesadilla terrible. Sus ojos, a pesar de que está cansada por todos sus esfuerzos, se cierran y, por más que intenta evitarlo, da cabezadas. María apenas puede moverse, siente que la cara la tiene dura como la madera. Pero ella sigue canturreando.
-Duérmete… niño… bonito... -. Ella bosteza.
Se oye el sonido de un grillo escondido. Se oyen ruidos, muchos ruidos que se mezclan con el cantar de María, con una música adormecedora que es muy agradable oír. Pero María no puede acostarse; encima la música no le ayuda, pues le entra sueño y ella no puede dormir, ya que si se duerme los jefes la matarían.
La lamparilla de la cuna está a punto de apagarse.
María, en su cerebro semidormido, nace ensueños
María ve en ellos correr por el cielo nubes negras que parecen que lloran como niños chicos. Pero el viento no tarda en llevárselas y María ve un enorme camino por el van coches, gentes con talegas a la espalda. A uno y otro lado del camino, envueltos de niebla. De pronto, la gente de las talegas se tienden en el barro.
-¿Para qué? -les pregunta María.
-Para poder dormir -contestan. -Queremos dormir.
Y se duermen como si nada.
Cuervos posados en los alambres de la electricidad ponen un gran esfuerzo en despertaros.
-Duerme, niño bonito… -canta entre sueños María.
Entonces se queda dormida y los jefes la matan.
Al día siguiente por la mañana, la hermana la encuentra muerta.
Paula García Marrero
1º A




-Que me digas ya. No tengo todo el santo día para estar aquí. ¿Me has entendido? -me gritó el policía.
-Vale, vale, señor agente, no se ponga así -contesté.
Rosa era una mujer alta, guapa, rubia y delgada, muy buena persona también.
-Que me diga. ¿No me entiende? Que me diga. ¿Se lo deletreo? ¡Que-me-di-ga! A mí no me importa cómo. Solo quiero saber si fue ella… -dijo el agente sin terminar de hablar.
-Vale -le respondí.
Era un día tranquilo, normal, vamos. Yo venía de pasear al perro, Pipo, un perro muy bueno y listo. Nos saludamos, nos preguntamos qué tal, como siempre, mientras nuestros perros se saludaban y olían. Luego cada uno siguió con su camino. Al rato de estar ya en mi casa, preparando la cena, oí una ambulancia, la policía y a Rosa gritar: “Lo he matado, lo he matado”. Los policías, desde fuera de la casa, gritaban que les dejara entrar. Ella no abría, tenía mucho miedo. Yo, inmediatamente, bajé. Desde fuera le hablé, pero nada. La policía gritaba: “Déjenos entrar o si no derrumbaremos la puerta”.
Yo les pedía que no lo hicieran, mientras ellos me apartaban. Al cabo de un rato, el sargento gritó por el teléfono: “Necesito refuerzos para sacarla de aquí y llevarla a comisaría. Está loca, ha matado a su marido”.
Yo les intentaba decir que Rosa no tenía marido. Pero no me dejaban. Pensé entonces volver a mi casa. Salté a la casa de al lado y, luego a la de abajo, llegando a la casa de la supuesta culpable de asesinato. Entré y…
-No, no dispares, por favor -le supliqué a Rosa, que me apuntaba con una escopeta.
-¡Sal de aquí, ya! ­-gritó ella.
Rosa estaba muy nerviosa. Pude mirar en su habitación y vi a su perro acostado en el suelo, durmiendo o muerto, no sé.
Yo no me lo quería creer. De buenas a primeras, la policía tiró la puerta abajo, y yo, aprovechando el despiste de Rosa, corrí hacia la habitación. Cuando me di cuenta, intenté esquivar una lata de cerveza que había en medio del pasillo, en el suelo, pero tropecé con una cáscara de plátano y caí, golpeándome fuertemente la cabeza y haciéndome un corte que me provocó la pérdida de mucha sangre. Me quedé en coma.
-Pero, ¿quién es el culpable? -preguntó el policía intrigado.
-Ah, no sé, señor agente -contesté yo.
-Pero, ¿usted es bobo o qué le pasa? -me gritó el policía. -Me ha tenido aquí tres cuartos de hora, hablando con usted como un bobo, y ahora me dice que no sabe quién es el culpable, sinvergüenza ­-me volvió a gritar el sargento.
Sergio A. Rosario García
1º A


miércoles, 2 de marzo de 2016

TALLER DE ESCRITURA III

A partir de una secuencia concreta, los alumnos tenían que continuar la historia, dejando libre la imaginación para cualquier desenlace.


Llegué a “Atlantic Avenue” después de haber pasado una ardua jornada de trabajo repartiendo cartas por las calles de Brooklyn. Subo las escaleras del edificio Lisboa y empiezo a colocar cada una de ellas en su correspondiente buzón. Cuando llego al penúltimo a la izquierda veo que está abarrotado de cartas y papeles de propaganda, es el perteneciente a Monsier Baruch. Este hecho me extraña profundamente ya que éste las recoge a diario. Aunque, ahora que recuerdo, hace tiempo que no lo veo por aquí regando las plantas del jardín delantero del edificio. Monsier Baruch era un anciano de unos ochenta años de origen francés que viajó a Nueva York por motivos laborales. También recuerdo con exactitud que durante mis primeros días como cartero él me guio en algunas calles que yo desconocía de Brooklyn y, poco a poco, fuimos entablando una pequeña amistad. Toco el timbre del 2º C, cuyo número y letra corresponden a la casa de Baruch. No contesta. Al siguiente día vuelvo y toco el timbre, y tampoco responde.
Un día mientras reparto cartas por “Atlantic Avenue” –le pregunto a uno de sus vecinos:
–Disculpe, ¿sabe dónde se encuentra Monsier Baruch?
–No, hace por lo menos una semana que no sé nada acerca de él.
Asiento y le doy las gracias por su ayuda. Estoy seguro de que algo le ha ocurrido y decido abrir la puerta de su edificio y subir las escaleras hasta el 2º C:
–¿Monsier Baruchhh… se encuentra usted en casa? –le grito desde la puerta sin recibir ninguna respuesta procedente del interior de la vivienda.
Ahora me dirijo hacia el 2º A que está situado en frente de donde me encuentro y posteriormente toco el timbre:
–¡Hola, buenas tardes! ¿Qué desea? –me responde una anciana de cabello intensamente pelirrojo.
–¡Hola! Soy John, un amigo del señor Baruch, ¿sabe usted dónde está?, hace días que no lo veo y estoy muy preocupado por él.
–¡Oh, joven! Yo también le echo en falta desde hace unos días y ni si quiera he oído ningún ruido procedente de su piso.
–Creo que deberíamos avisar a la policía, quizá le ha pasado algo.
Y así fue, la policía derribó la puerta y entró en casa del anciano, al cabo de unos minutos sale uno de ellos y nos informa de su fallecimiento. El forense dictamina que ha muerto a causa de una parada cardiorrespiratoria mientras ingería una taza de café caliente sentado en su sillón junto al televisor. Casualidad que, justamente ese día quedo despedido por la entrega tardía de unas cartas y a partir de entonces duermo debajo de este cajero.                                                                                                                             

                                                                                                                   Orlando Cruz Martín (4º A)

TALLER DE ESCRITURA II

Trabajamos la descripción: la observación, la selección y el orden de los elementos necesarios. Buscamos salirnos de los tópicos, buscar nuevas imágenes y comparaciones, forzar el lenguaje, en fin.

CUENTO UNO
Un día, mi mejor amigo me contó que iba caminando por la calle y venía una mujer tan bella como una flor de primavera, con su cara de ángel. Él se quedó sorprendido con esta maravillosa mujer.
La detuvo en medio de la calle y habló bastante con ella, quedaron para cenar y él se sentía muy bien con ella, le dio vida a su corazón herido.
Esa mujer le hizo olvidar su relación anterior, que fue muy traumática.
Era una mujer que vestía muy bien, casi siempre con una falda tan larga como una hora esperando la guagua, con una blusa tan lisa como la piel de un bebé. Tiene los ojos del azul cielo.
Ellos ahora, son novios y viven juntos en una casa verde como una rana y grande como el palacio real.
Están felices y contentos con su nueva vida. Ahora ella tiene una manzanita en su interior, un nuevo miembro llegará a la pequeña familia.
Paola González Medina 4º A
CUENTO DOS
Noelia y su novio Matías se casarán la semana que viene y Noelia todavía tiene que comprar algunos preparativos para la boda. Así que cuando se levantó, se preparó, cogió la cartera y salió.
Noelia era una modelo de 33 años. Era casi perfecta. Con su piel nevada, sus lívidos labios y sus repartidas pequeñas pecas, parecía una muñeca de porcelana. Cuando se ponía carmín en sus labios su belleza resaltaba aún más. Tenía el cabello por los hombros de color blanco. De espaldas parece una gran cascada. Sus cejas son gruesas y un poco más oscuras. Sus ojos eran preciosos. Eran de color zafiro y brillantes. Cuando te acercas a ella te recuerdan a una galaxia azul. Iba vestida con una camiseta de cuello largo y manga larga negra, una falda por encima de las rodillas negra y unos tacones rojos con un poco de plataforma y cerrados por la parte de alante. De personalidad no era tan fría como de aspecto. De hecho, era bastante risueña. A parte de honesta, responsable y afectiva. Pero también tenía defectos. Porque a pesar de su gran atractivo era un poco envidiosa.
Una vez en la floristería, Noelia optó por comprar unos ramos de rosas rojas, unas bonitas dalias y un par de zinnias.
Noelia, saliendo de la floristería, estaba mirando hacia su monedero porque estaba guardando el cambio, cuando siente algo caerle del cielo. Elevó la vista y vio a muchísimos familiares y a casi todos sus amigos tirándole arroz, a una banda de músicos que comenzaron a tocar cuando Noelia los vio y a Matías con un smoking al lado de un cura.
Ingrid Ojeda 4º A
CUENTO TRES
Eran las ocho en punto y si no me daba prisa, iba a llegar tarde otra vez, y no me dejarían entrar a clase. Corrí lo más rápido que pude por los pasillos del instituto, ya vacíos. Me quedaba poco recorrido, sólo tenía que girar a la izquierda en el próximo pasillo. Justo cuando iba a cambiar de pasillo, me choqué con alguien. El archivador que llevaba en mi mano cayó al suelo. Todos mis apuntes quedaron por el suelo, e instantáneamente me agaché a recogerlos.
-Vaya, lo siento- dijo la persona con la que me choqué.
Era un chico. Lo miré y sentí que mi corazón daba un giro de ciento ochenta grados. El chico tenía el pelo rizado, que caía como las ondas que forman una cascada cuando la ves por la noche, a la luz de la luna. Sus ojos se escondían bajo algunos de sus oscuros mechones. Pude verlos mejor cuando con su mano los apartó de la cara. Eran marrones, pero quién se atrevía a decir que los ojos marrones eran los más comunes.
Los de él tornaban el color suave y hechizante que puedes observar cuando ves algún dulce tostarse, bajo el constante calor del horneo. O el que destaca en las montañas cuando el sol las ilumina completamente en un día de verano. Sus pestañas parecían ser de una chica, largas hasta donde alcanza la vista sin necesidad de productos cosméticos. Su cara, a diferencia de su voz, se me antojó algo aniñada, con una alegre sonrisa, que dejaban a la vista sus dientes inmaculados como la espuma que se forma al chocarse el agua en las orillas de las playas, y al sonreír se le forman unos pequeños oyuelos casi imperceptibles. Su cuerpo, sin embargo, expresaba lo contrario, se veía muy atlético bajo su polera negra, el que podía asimilarse al cuerpo de un Adonis, o una tentación personificada; ¡Compleja y a la vez simple perfección que marcaba a su paso!
-¿Estás bien?- me preguntó esta vez, haciéndome despertar de mi ensoñación, y provocándome un leve sonrojo.
-Sí, lo siento- susurré avergonzada, cogiendo el resto de mis apuntes y levantándome-. Llego tarde.
Pasé por su lado sin ni siquiera ser capaz de mirarle a los ojos y avancé a mi clase, sin poder quitarme a ese chico de la cabeza, y ni siquiera sabía su nombre. Me preguntaba si le volvería a ver.
Por lo menos llegar tarde mereció la pena.
Yaiza Collado Zerpa 4ºA

domingo, 8 de noviembre de 2015

El calcetín de Aurora

Mis amigos y yo acostumbramos a salir los fines de semana de acampada. A veces vamos al campo y otras a la playa. Esta semana decidimos ir al Pinar de Tamadaba. Nos gusta mucho ir, aunque en invierno hace mucho frío y, por eso, tenemos que ir bien preparados, con ropa de abrigo. Esta semana invitamos a nuestra amiga Aurora, que es muy divertida pero muy despistada. Siempre se le olvida algo. Cuando llegamos, empezamos a abrigarnos y me di cuenta de que Aurora había perdido un calcetín verde. Todos nos empezamos a reír porque era normal en ella.
Álvaro Trujillo (1ºA)

Aurora había perdido un calcetín verde en el jardín de su casa. Ese calcetín había sido un regalo de su amiga María. La niña buscó entre las flores y no aparecía su calcetín por todo el jardín. Entonces fue a llamar a su madre.
–¡Mamá, mamá!
–¿Qué pasa?
–Es que…
–¿El qué…?
–Es que…
–¿Te ocurre algo?
–No, es que…
–¿Qué quieres?
–Es que… he perdido mi calcetín.
–¿Ya has mirado en dónde puede estar?
Sí, por todo el jardín.
Pues, a lo mejor no está en el jardín sino en la casa.
No he mirado.
Pues te ayudo a encontrarlo.
Entraron a buscar el calcetín. Fueron al salón y miraron en el sillón, en la mesa, entre los libros, debajo de la alfombra y, así, por todo el salón.
No aparece, mamá.
Pues, ¿por dónde más sitios has estado?
En mi habitación y en la cocina.
¿Cuándo has estado en la cocina?
Antes de subir a mi cuarto.
¿Después de haber comido?
Sí.
Entonces estuviste picando algo.
Unas galletas que estaban en el ropero de la cocina.
Bueno, después hablamos y vamos a buscar ahora el calcetín.
Primero vamos a la cocina.
Vale, hija, iremos a buscar el calcetín en la cocina.
Buscaron por toda la cocina y no lo entraban y, luego, buscaron en su cuarto. No estaba ninguna parte: ni en el escritorio, ni en el ropero, ni debajo de su cama.
Hija, ¿recuerdas dónde te quitaste el calcetín?
Sí, estaba en el jardín y me di en el dedo gordo del pie. Me quité el zapato y el calcetín. Después vino un perro y cogió algo que estaba a mi lado y se marchó.
Entonces el perro tiene el calcetín.
Vamos a decirle a la vecina que su perro se ha llevado mi calcetín.
Aurora y su madre cogieron el calcetín que tenía el perro en su caseta y, luego, Aurora fue a casa de su amiga para contarle la historia.

Daniel Castellano (1ºA)

Aurora ha perdido un calcetín verde en su habitación. Su madre se dio cuenta cuando la pequeña de dos años despertó de su siesta y le fue a cambiar el pañal. Era un calcetín muy especial porque su padre se lo había traído de uno de sus largos viajes por el mundo. Como ya he dicho antes, era verde, pero además era de lana muy suave, con mariposas tejidas en hilo rosa y con unos graciosos pompones como adorno.
Aurora siempre quería dormir con ellos puestos; si no, lloraba durante toda la noche.
Su mamá se apresuró a buscarlo. Lo hizo por toda la casa, sobre el sofá, las sábanas, dentro del armario y los cajones, entre sus juguetes y hasta dentro de la nevera; pero no lo encontró: había desaparecido. La niña permanecía ajena a aquel problema, pero su madre empezaba a perder los nervios. Faltaban pocas horas para la cena y sabía que si no lo hallaba antes de llevársela a dormir, la pequeña empezaría a sollozar y ya no habría quién la callase. Por ello, la dejó en su parque jugando y comenzó de nuevo a registrar palmo a palmo su hogar. Pero esta vez tampoco hubo suerte. Las horas pasaron rápidamente y con ellas llegó el momento del baño. El agua estaba calentita y el cuarto olía a gel de niños. Era un olor muy agradable.
Aurora estaba entretenida jugando con su patito Pepito, y con las pompas que salían de su pico. Ella reía a carcajadas. Su mamá, sin embargo, estaba cada vez más nerviosa porque se acercaba el momento de cenar. El papá llegó justamente cuando la niña estaba terminando su biberón y pudo llevarla hasta su cuna para que durmiese, pero no fue así. Ella empezó a llorar. Los padres no sabían cómo callarla: la paseaban de un lado a otro de la habitación mientras le cantaban nanas. Sin embargo, Aurora gritaba cada vez más alto. En una de sus pataletas la dejaron sobre la alfombra de su cuarto y la niña de pronto se calló. Miró a sus papás y, gateando, fue hasta donde estaba su osito Carlos y lo cogió. Asombrados vieron que el muñeco llevaba en una de sus patas el calcetín verde. Se lo pusieron a Aurora mientras la besaban con dulzura. Qué lista era su pequeña.
Claudia Ramos Guzmán (2º C)


miércoles, 28 de octubre de 2015

TALLER DE ESCRITURA I

Hemos empezado a trabajar con los alumnos de 4ºA un Taller de Creación Literaria. La primera actividad consistía en mezclar las fronteras de la realidad y la imaginación a través de varias palabras que tenían que recoger en el orden establecido.
Esperamos que esta selección sea del agrado de todos ustedes.

AMELIA
Había una vez una chica llamada Amelia. El padre de Amelia le había dicho la noche anterior que le comprara un taladro. Así que Amelia, por la mañana, salió a comprarlo.
Cuando iba a la ferretería, de camino a su casa, pasó por delante de una tienda y se quedó mirando fijamente el escaparate. Había un videojuego que ella nunca había visto antes. Amelia entró y aunque le pareció más caro de lo normal, se lo compró.
Amelia llegó a su casa, le entregó el taladro a su padre y se puso a jugar con su nuevo videojuego. El videojuego trataba de buscar una llave en una pequeña casa donde había animales extraños. Una vez tengas la llave, sales de la casa a un bosque enorme con árboles de colores, diferentes armas y más animales extraños. Tienes que ir avanzando hasta encontrar otra casa de mayor tamaño que se abriría con la llave y volver a hacer lo mismo.
Llevaba casi una hora jugando cuando sintió algo húmedo en su pie. Amelia miró hacia abajo, pegó un grito, soltó su consola y se puso de pie con un salto.A Amelia le estaba lamiendo una especie de perro a dos patas. El animal tenía unos pequeños cuernos en lugar de orejas y un marsupio en su vientre. La chica miró a su alrededor y todo era diferente. Aquella no era su casa.
Antes de que pudiera asimilar lo que estaba pasando, Amelia salió corriendo y se escondió detrás de un mueble. No sabía qué hacer. No entendía nada y estaba muy asustada. ¡La casa era la de su nuevo videojuego!
Amelia supuso que ahora tendría que encontrar la llave, para salir de allí. Pero no sabía qué pasaría después. No sabía si algún día saldría del videojuego. Tampoco sabía por dónde buscar la llave. Ni cómo lo haría con esos animales.
Pero Amelia tenía claro que no se iba a estar quieta. Pensó que primero intentaría encontrar la llave y luego ya vería lo que haría. Así que se levantó y fue a por ella.
Buscó y buscó pero no encontró nada. Por ahora no se había encontrado a ningún animal. Amelia siguió buscando hasta que escuchó una voz aguda.
-¡Hola!-exclamó la voz.                                                                                                             
A la chica le transmitió confianza y sin pensarlo dos veces contestó.
-Hola. ¿Quién eres? ¿Dónde estás?
-¡Aquí debajo!                                                                                                                             
Ella miró hacia abajo. Era la criatura que había visto antes. Esta vez no estaba tan asustada.
-Me llamo Eric.                                                                                                                           
Amelia veía que aparentemente era simpático y no quería hacerle nada.                         
-Yo, Amelia. ¿Sabes dónde está la llave para salir de aquí?
-Claro. La tengo aquí -dijo Eric sacándose una pequeña llave dorada de su marsupio-. Ten
-¡Muchas gracias! ¿Y cómo puedo salir del juego?
-El segundo recorrido está libre de peligros. Ninguna las criaturas no te harán nada, incluso podrían ayudarte. Y la llave estará detrás de la puerta. Pero en el primer recorrido hay algunas criaturas peligrosas, pero no te pasará nada si llevas este pañuelo-Eric le amarra el pañuelo en  la muñeca a Amelia-y por último, cuando encuentres la próxima casa empuja los bloques de la chimenea hasta que se muevan y puedas pasar. En el otro lado estarás en la vida real y se acabará el juego.
La chica le agradeció mil veces a Eric por la ayuda y salió. Estaba muy feliz.
Amelia caminó y caminó. Estaba a punto de llegar a la casa pero se sentó a descansar sobre una roca. Ella veía que llegaba corriendo una criatura con cuerpo de gorila, cabeza de cocodrilo y cuernos de toro. Ya estaba a punto de llegar cuando Amelia se rodó, pegándole el animal un bocado a la roca. Amelia no entendía como casi pudo ser devorada por aquel animal si tenía el pañuelo. Se miró la muñeca y no vio nada. Se le había caído al suelo.
Miró desesperada por todas partes hasta que finalmente lo vio, lo cogió y salió corriendo mientras se lo volvía a amarrar.
Cuando llegó, miró detrás de la puerta y cogió la llave y volvió a salir.
Amelia se encontró por el camino a un gigantesco gusano de seda con bigotes y manchas de leopardo, con el que estuvo hablando todo el camino hasta que empezó a ver la casa. Se despidió y salió corriendo. Ya quedaba menos.
La chica llegó y se puso en busca de la chimenea. Cuando la encontró tuvo que quitar algunos objetos de delante. Como una caja, unos libros, un  portátil...Y cuando ya estaba todo limpio, Amelia empujó el muro. Este se abrió y la chica pasó. Pero no se veía nada. Solo se escuchaba un ruido fantasmal que le causó un escalofrío. Estaba como en un túnel negro.
Pasó un rato y por fin se veía algo. Una luz. Una luz rutilante hacia la que Amelia avanzó con los ojos cerrados. Luego los abrió y ya, por fin estaba en su casa.
Fue corriendo a ver a sus padres, quienes estaban muy preocupados por ella.
-¿Dónde estabas?-pregunta su padre.
-Fui a pasear al perro y me entretuve por el camino.
Ingrid Sosa (4ºA)

TRAJE DE GALA
Recuerdo estar frente  aquella casa, era espantosa, vieja, cayéndose a  pedazo. Aquel día me disponía a presentarme a la entrevista que nadie quería ir pero era por  la necesidad de llevar un sueldo a casa.  Toqué la puerta, me abrió la dueña de la casa, la mujer estaba triste, sola, nadie más habitaba aquel hogar. Estuve varias horas hablando con esa mujer, paseando por los pasillos. Había una habitación, de ella salía un reflejo de luz, era raro porque aquella casa estaba completamente oscura todas las ventanas estaban cerradas bajo llaves. Entré a la habitación y había un taladro, estaba destrozado por completo, no me extrañé, (un taladro era normal en una casa). Seguí caminando por aquel lugar, los pasillos eran enormes, estaban vacíos. Bajé al sótano, en él había un mueble agujereado, aquello me desconcertó, algo  no me olía nada bien.
Al día siguiente busqué en todos los periódicos digitales de varios años atrás y encontré que en aquella casa un hombre se había matado pero se desconocía la razón.
Volví a la casa asustada pero no me detuvo el miedo. Limpiando parte del hogar un pañuelo rojo cayó al lado mío. No había nadie en aquella casa, la mujer se había ido.  Bajé a la cocina a preparar  el almuerzo a la señora, una vez terminado,  seguí haciendo las tareas del hogar.
-¿Esto qué es? -Gritó sin parar la mujer.
-¿Qué ha pasado señora? -Pregunté asustada.
- ¿Cómo se atreve a pegarle un bocado a mi comida? Es una falta muy grave y la próxima vez la despediré.
- ¡Pero señora yo no he sido!
La mujer se fue enfadada a su habitación y se encerró. Pasó unas horas cuando subí a ver cómo estaba ella. Toqué la puerta y no me contestó, abrí y vi a la mujer con un traje de seda, me sorprendió porque era la misma tela del pañuelo que cayó al lado mío, además la mujer bailaba como si de un baile de gala se tratase. Aterrorizada por el miedo corrí escaleras abajo, me dirigía hacia el sótano. Sentí una voz, era ronca y madura que me decía:
-¡Fuera de mi casa, fuera, fuera!
No sabía de donde procedía esa voz, cuando de repente una lámpara portátil se rompió. El sótano estaba completamente oscuro pero sentí frío como si alguien estuviese al lado mío.
-¿Qué haces en mi casa? ¿Cómo una muchachita como tú se atreve a venir aquí sabiendo la historia de esta casa?
-¿Quién eres?- pregunté aterrorizada.
-Soy el dueño de éste hogar y no permitiré que nadie ocupe mi lugar -susurró él.
El hombre que se había muerto en ese lugar, era el que me estaba hablando en ese instante. Corrí hasta no poder más, pero todas las puertas se cerraron y no podía salir hacia fuera. La cara de la mujer era fantasmal, la mujer estaba loca, gritaba, corría, cantaba y de repente… lloraba.
Recorrí toda la casa y por toda ella se oía la vos de ese hombre, de pronto se vio una luz rutilante que alumbraba todo el pasillo, de ahí vi salir a una persona, era el marido de la dueña.
Era un hombre alto, corpulento, pero lo más que me llamó la tensión era que estaba vestido de gala, con un traje muy elegante tanto como el de su mujer. Se paseaba por toda la casa, cantando, riéndose, incluso llegó al punto de llorar. Algo me decía que tanto él como la mujer tuvieron algún momento en sus vidas que le llevaron a ese extremo. Comenzó a contarme como había sucedido todo, como había matado a cada persona que entraba en aquella casa, pero que él nunca se había manchado las manos de sangre, simplemente lo hacían las víctimas, igual que hizo él. En el   instante que  el hombre se acercaba a donde me encontraba, asustada por la espantosa situación comencé a llorar y a gritar, me iba a pasar lo que le había pasado a muchas personas que tenían el coraje necesario para no dejarse llevar por el miedo. Pero en ese momento un camino se abrió entre las paredes y simplemente todo desapareció.
Elisset Mendoza (4ºA)

SALIR DE ALLÍ
Desorientada, así me sentía después de abrir los ojos y encontrarse en una sala inmaculada y completamente vacía. Parecía que un taladro golpeaba con poca sutileza sobre mi cabeza. Esperé unos minutos a que el dolor pasaba, sin mucho resultado. Observé detenidamente el lugar en donde me encontraba, sin ningún mueble visible y totalmente desconocido para mí.
Recoloqué el pañuelo que rodeaba mi cuello mientras pensaba en cómo encontrar a Alice para salir de allí. Seguramente estaría por ahí cerca y me ayudaría. Ella siempre lo está.
-¿Alice?- le llamé sin mirar a ningún lugar definido-. Te necesito, quiero volver a casa.
No hubo respuesta alguna. Mi respiración se agitaba e intenté calmarme, levantándome de la esquina en la que me encontraba sentada y caminando por la sala. Me llevé las manos a la tripa al sentirlo rugir. No recordaba cuándo era la última vez que había probado bocado.
Me paralicé notablemente al divisar un destello en un lado de la pared que tenía justo en frente. La observé unos segundos con atención mientras salía de mi parálisis y me acercaba a la desconocida luz circular. Con el paso de los segundos se amplificó, hasta el punto en el que tenía que entrecerrar los ojos para no encandilarme.
Ajusté la vista de nuevo cuando la luz se hizo más tenue, y descubrí que ésta salía de un portal, por el cual Alice se encontraba entrando en la habitación.
-¿Me esperabas?- dijos ella, mientras se acercaba a mí, meneando su cola.
-No sabes cuanto- le contesté sonriente-. ¿Se puede saber qué es este sitio y por qué nos encontramos aquí?
-Soy una gata, no una adivina- declaró ella-. Ahora en lo que debemos centrarnos es en salir de aquí.
Asentí sin mediar palabra y le seguí al ver que se dirigía de nuevo al portal. Cuando entramos, sólo se veía un gran vacío blanco a nuestro alrededor. Fruncí el ceño al ver un trozo de tela de seda desquebrajada en el borde de portal; era de mi pañuelo: Decidí ignorarlo con cierta agonía y seguí abanzando con mi compañera. Llegamos a punto en el que nos adentramos en un pasillo, en este caso azul. Al final de éste, pude ver una curva que llevaba a otro pasillo- supuse- y en él se encontraba un maletín portatil perfectamente colocado.
Caminé hasta encontrarme justo delante de él y sentí la irremediable tentación de abrirlo y comprobar que se hallaba en su interior.
-Creo que no deberías- oí a Alice advertirme tras de mí.
Hice caso omiso a sus palabras y lo abrí. Me llevé las manos a las oreja al oir un ruido fantasmal salir de él. La aparté al ver que el ruido disminuía lentamente hasta desaparecer por completo. Alargué la mano hacia un objeto rutilante que se encontraba en él. Era una llave plateada. Éste tendría que abrir alguna puerta. Tal vez la salida, ¿No?
-A tu derecha- indicó Alice mientras señalaba con la cola, ahora situándose a mi lado.
Allí vi una puerta de madera. Metí la llave en el picaporte, que encajaba perfectamente, y pudo abrirse sin problemas. La puerta llevaba a un único camino, que estaba formado por unas gruesas piedras que ascendían en el aire. Miré a mi querida felina de soslayo y me encaminé hacia las piedras. Fuí saltándolas una a una con sumo cuidado hasta que lo ví. Al final del camino, estaba mi hogar, el bosque en el cual se halla mi casa.
Por el entusiasmo empecé a ir más rápido y mi patosería me hizo resbalar y caer al vacío. Apreté mis párpados fuertemente a la espera de que el dolor del impacto llegara, pero no fue así. Abrí los ojos de nuevo y sentí un nudo en la garganta al instante. Me encontraba de nuevo en la habitación del principio, solo que ésta vez estaba tumbada sobre una cama y la sala no estaba vacía. Ví a mi lado a un hombre de bata blanca e intenté tocar su hombro para llamar su atención, pero estaba totalmente inmovilizada.
-Disculpe -susurré, haciendo que me mirara-. ¿Dónde estoy? ¿Dónde está Alice y por qué me tienen inmovilizada?
Él se limitó a sonreírme y a pulsar un botón que sobresalía de la pared, justo a mi lado. Seguidamente entró otro hombre con idéntica vestimenta, comenzando a charlar nerviosamente. No podía creerme lo que estaba oyendo en esa conversación.
-La paciente cero-dos ha despertado. Ella es la chica que encontraron ayer en aquel bosque, acompañada de un gato raquítico. Su diagnóstico mostraba que estaba devil y deshidratada. Para mejorar la situación, las pruebas afirmaron lo que ya esperábamos; esquizofrenia.
Yaiza Collado (4ºA)
LA VOZ

Recuerdo que en casa de mi tío Pepe había un taladro, él solía construir, destrozar y reconstruir, algunos creían que estaba loco, pero yo sabía que construir era lo único que le relajaba en este mundo, incluso una vez me construyó un mueble, en concreto una mesita de noche y, la verdad es que era muy bonita. Pero todo se torció una fresca mañana de invierno cuando decidí levantarme e ir a la cocina: me incorporé y me soné la nariz con un suave pañuelo con florecitas dibujadas, luego bajé las escaleras, fui a la cocina y tomé un bocado de tarta de zanahoria que había sobre la encimera. Cuando quise salir de ahí e irme al salón tropecé con el escalón y me caí de bruces contra el frío suelo. Sentí cómo daba vueltas y, de repente, vi el jardín lleno de sangre…

Había una mujer de cabello rubio y blanco rostro tumbada en la hierba, ataviada con un fino vestido de seda. No tardé en darme cuenta de que estaba muerta, corrí hacia ella y me arrodillé a su lado para intentar reanimarla pero estaba ya muy fría y supe que ya no podía hacer nada por su vida…y todo se puso negro.

Desperté y recordé que había tropezado. Me había dado un fuerte golpe en la cabeza, de hecho me dolía mucho. Avancé hacia el escritorio a coger mi portátil para volver de nuevo al salón a ver si podía avanzar trabajo cuando tropecé con el taladro de mi tío Pepe y caí contra el frío suelo. Nuevamente el jardín, la sangre y la mujer. Pero esta vez no estaba tumbada en el suelo, sino flotando en una nube fantasmal. Asustado intenté huir pero no me podía mover, una luz rutilante venía hacia mí, pero no veía del todo bien, de un momento a otro todo desapareció, sólo se divisaba un camino al fondo…y se oyó una voz que gritaba:
–¡Ven conmigo!, ¡ven!, clamaba una y otra vez.

–No es posible. Te escucho, pero no puedo moverme.

Sin ninguna razón lógica y como por arte de magia empecé a flotar mientras una fuerza sobrenatural me empujaba lentamente hacia el iluminado camino, ya no estaba la mujer del vestido de seda, ni la sangre, ni el taladro…solo yo. Entonces lo supe, estaba muerto y después de eso todo cobró vida.
Orlando Cruz (4ºA)